Cansado
Después de recorrer cientos de kilómetros, el Tejo llega cansado al Atlántico, por eso se va a dormir, junto al sol de otoño. El puente de hierro y cables velará su sueño. LISBOA. Octubre de 2004
Después de recorrer cientos de kilómetros, el Tejo llega cansado al Atlántico, por eso se va a dormir, junto al sol de otoño. El puente de hierro y cables velará su sueño.
Una estela de luz rasga el cielo como si fuese un trapo viejo pero en vez de hilachas queda en el horizonte una puerta entreabierta al infinito.
En este preciso instante ¿no te gustaría que una de dos esas siluetas fuera la tuya?
Los bañistas abandonan la arena y un baño de oro ocupa su lugar bajo los sombrajos de cañizo. En ese instante la playa se llena de encanto.
El viento de otoño sopla caliente en el norte de África y arrastra las nubes que tapan al sol cuando se va a dormir tras las cúpulas llenando de magia los atardeceres tunecinos.
Dónde irán los pescaores
¿No ves, fiel escudero, aquellos gigantes que desafían al sol? Descansemos aquí del viaje y contemplemos la batalla; después continuaremos camino en nuestro Dos Rocines.
Los álamos y el carrizo esconden el sol antes de tiempo. En ese momento en que el ambiente se tiñe de naranja sólo se escucha una riña de patos entre los matorrales y algún aleteo apresurado rayando el cielo. La laguna parece un espejo y el aire huele a belleza.
Se amaron frente al mar en el asiento trasero del coche. Ha pasado el tiempo pero sus corazones permanecen allí, contemplando cada tarde la puesta de sol, como aquella vez.
Las pocas tardes que estoy en casa al atardecer tengo la suerte de gozar de esta visión desde mi ventana.
Esa hora mágica en que el sol marcha a descansar y se cierra los ojos con el antifaz de las nubes dibujando caprichosas caricaturas en el cielo y pintando de naranja la vida.
Pero hasta de los sueños más dulces despertamos. A veces de manera brusca. Y hasta el vuelo más bello se transforma en un aterrizaje forzoso y para reponerse hay que esperar a los equipos de rescate.
Donde paro mi coche tengo mi hogar. Sólo hay prisa por llegar a la costa antes que el sol al horizonte y contemplar desde el acantilado como cambian los colores del cielo.
Cuando el sol se esconde tiñe de negro la cruz que, siempre mirando al mar, recuerda a los que no volvieron.
Tiene función todos los días, en todos los lugares del mundo y no hay dos representaciones iguales. Maravilloso.
La luz del sur es única. Los atardeceres en las playas de Cádiz, irrepetibles.