Calderas del infierno
El olor evoca las calderas del infierno. Un vaho sulfuroso cubre el horizonte azul de los Alpes y los bañistas parecen exculpar sus pecados en ese agua hirviente que mana de las tinieblas y tiñe de amarillo las rocas de la orilla. A escasos metros, un lujoso balneario ofrece aguas termales a quienes están dispuestos a pagar el precio del alojamiento. LAGO DI GARDA (Italia). Septiembre de 2004
La góndola se desliza entre los callejones acariciando el agua de los canales como si con su cuidada proa peinase los cabellos de la ciudad.
Como si danzasen al compás del ritmo impuesto por la suave brisa que sopla en la desembocadura del Po, estos tres pescadores consiguen sincronizar sus movimientos y su postura y casi su vestimenta. A juzgar por el mimetismo que consiguen entre ellos es probable que hayan compartido muchas tardes de pesca como esta.
El deseo de fundirse en el agua lleva al hombre a construir plataformas sobre las olas para sentir que domina al mar. Sobre estas tarimas la vida transcurre sin prisa buscando el horizonte o esperando sin ansia que un pez muerda el anzuelo.
Cuando se aleja el verano, las playas del Adriático se vacían y sobre su arena sólo quedan sombrillas dormidas y algún bañista tardío huyendo del bullicio estival.
Antes de bañarse en el Adriático, el Po forma un delta sobre cuyos sedimentos se asientan bellos edificios. Alejadas de la transitada Venezia, las calles de Comacchio son de agua en vez de asfalto y por ellas se deslizan barcas de colores en vez de autos motorizados.
De noche tiene magia. Cambian los colores, los sonidos y los aromas pero permanece la evocación de un pasado pescador y defensivo. Aunque los turistas con dinero ocupen los restaurantes que pueblan el muelle, entre las estrechas calles empedradas o asomado a la almena de su castillo no resulta difícil dejar volar los sueños hacia ese mar que parece infinito sin luna.
En el pueblo donde nació el último presidente de la República se alza la Fuente del Rey. Del Rey del mar, claro. Y desde el centro de un gran balsa de agua gobierna los más de cien caños que, procedente de un manantial, repartían el agua por toda la ciudad. Aunque hoy las casas tienen agua corriente, el murmullo del agua se escucha en todas las calles.
A pesar de los muchos kilómetros de costa, son escasos los metros de playa libre en la zona norte de Italia. Cuando se encuentran, abuelos y nietos comparten arena y agua de la misma manera que, según guardo en el recuerdo, compartía en mi ifancia con unos padres de bañadores grandes y cuerpos lechosos.
De no ser por el crepitar del agua golpeando los guijarros de la orilla creería que el tiempo se detuvo en esta playa a la que sólo se puede acceder a pie o en barco. No sé cuánto tiempo transcurrió desde que llegué, caminé sin prisa, dormité al arrullo de las olas y retrocedí sobre mis pasos con la misma prisa que al llegar pero la mujer de la foto permaneció ahí todo el rato. Quizá estudiando el azul, quizá memorizando la melodía de la mar en calma, tal vez dialogando con los peces o contando las piedras. ¿Qué más da? En esta playa no existe el tiempo.
El rastro que han dejado las olas se extiende entre la arena como raices de agua de las que al amanecer nacerá un árbol de vapor.
Abre tu corazón
Las perlas rojas del majuelo adornan sus tallos con perlas de lluvia decorando el otoño con las joyas más bellas.
Tan bello se cree el puente que lleva más de mil años buscándose en el río.
Extremo penínsular, cuna pirenáica, lugar mágico y mítico donde las montañas se encuentran con el mar y se esconden todos los vientos que con frecuencia salen a recorrer una costa bravía para perderse en sus rincones: isla Encalladora, Massa d'Or, isla Portaló, punta de los Tres Frares, cabo Gros, Port de la Selva, punta Cap Ras, playa de Garbet, Colera, punta Falcó, Portbou...
De cada rincón de la Sierra de Cazorla brota el agua, que se entrega a la que trae el Borosa desde su nacimiento, algunos kilómetros más arriba, en una fuente que durante todo el año ofrece refresco al caminante que se atrevió a llegar hasta ella.
Desde el malecón de Lekeitio se podrían contar hasta diez tonos de azul o veinte si añadimos el cielo. Vive tan pegada al mar que se respira salitre en cada piedra del barrio pesquero. A veces las olas echan de menos a los pescadores y suben a buscarles a la cofradía.
Cuentan que hace muchos, muchos años, una princesa, hija del rey de Escocia consiguió llegar hasta este mágico lugar en que el Cantábrico y el paraíso de Urdaibai se dan la mano. Aquí se quedó para traer al mundo en el año 880 al que sería el primer Señor de Bizkaia, Jaun Zuria. Desde ese momento Mundaka vive de cara al mar. Hoy, surfistas de todo el mundo acuden aquí para cabalgar sobre las olas.
Piedras blancas. Piedras negras. Piedras. Espuma de mar que las baña y, sin fijarse en su color, las mueve a su antojo.
El Mediterráneo paseaba por el sur y se encontró con un paisaje lunar formado por rocas que invitaban al descanso y decidió detenerse. Hizo huecos en los que acomodarse y desde los que poder contemplar el horizonte. Cuando llega una ola, el agua allí retenida se va y deja su hueco al que viene. También yo me detuve a contemplar la vida desde esa piscina y decidí quedármela para siempre, aunque sólo fuera en una fotografía.